fu-na-YÚU-rei
Murasa (el Nigashio de Tsuma que se hospeda en la marea)
Variante de funayūrei transmitida en la aldea de Tsuma, distrito Oki de Shimane. Se llama Murasa a los bultos de tenue fulgor que se agrupan en la noche del mar. Allí, al flujo de incontables dinoflagelados luminosos se le dice Nigashio; cuando esa corriente se redondea en un punto, palpita azul blanquecino como un aliento y deriva, se teme no ser mera luz marina sino vestigios de ahogados alojados en la marea, es decir, Murasa. Se reúne de pronto frente a la proa cerrando el paso, ilumina levemente la superficie y desorienta el rumbo. Si la nave pasa por encima, la luz se dispersa a la vez hacia los cuatro lados, las sombras del borde y la cubierta tiemblan extrañas, y sobreviene la sensación de que el casco patina en vacío aunque el timón responda. No son espíritus que extienden manos y pies, sino que, hechos enjambre de luz, acarician la quilla, perturban el pulso de las olas y conducen al encalle. A medianoche, si el mar “chica” y se vuelve claro como de día por un latido y todo enmudece, los lugareños dicen “nos posee Murasa”, paran el timón y, atando una daga o cuchillo a la pértiga, cortan el agua tres veces. Al oír el filo hendiendo la marea, la luz se afina como hilo que se deshace y retorna al Nigashio. Métodos de otras tierras, como entregar un cazo sin fondo o arrojar onigiri y ceniza, aquí casi no surten efecto; en cambio, si se dejan en silencio flores de incienso o albóndigas, la luz mantiene el círculo, evita la nave y abre la ruta. Murasa no alza la voz ni exige “dame el cazo”. Pero el día 16 del Obon los anillos de luz se duplican o triplican, se acercan y alejan del barco y guardan dentro un sector oscuro como sombra de barco de difuntos. Si se faena entonces, incluso un patrón diestro queda deslumbrado y atraído a los peñascos negros del cabo. Su color es frío y límpido; ante gritos y alboroto centellea con una leve mueca. Ante quienes saquean o ensucian el mar, estrecha el anillo y sólo el agua a los pies se ilumina de modo antinatural, quitando escape. En cambio, a quien llora a un pariente perdido en naufragio y ofrenda, le traza una guía en la oscuridad del mar abierto, destaca la espuma lejana y lo lleva a una vena de agua segura. Así, Murasa se entiende tanto como fantasma que hunde como luz guía, y en la playa de Tsuma quedó la costumbre de, en la primera pesca nocturna, recitar palabras para apaciguar a dios marino y difuntos, cortar la marea con filo y luego echar las redes. La luz no se puede acunar con la mano ni atrapar la voz; pero ante el rito del triple corte, semejante a chispas rituales, y ofrendas silenciosas, el enjambre se disuelve y vuelve al Nigashio.