Katawaguruma
ka-ta-wa-gu-ru-ma
Katawaguruma de Kioto
Variante del katawaguruma que rondó Tōin en Kioto, célebre por corregir el corazón humano con la palabra. En tiempos de Enpō, detestó el afán nocturno por curiosear y murmurar, y se lanzó por las calles como un aro de fuego. Su forma es la de una sola rueda de carro de bueyes; los radios de ciprés, tiznados y al rojo, y en el cubo se asienta el rostro de un hombre de quijada dura. Los ojos tiemblan como luces de farol, los dientes blancos como un peine, y a menudo aparece mordiendo la pierna de un niño. Su primer grito es “Mírame menos y mira a tu hijo”, amenaza y a la vez mandato de atender la casa; quien corre adentro a veces evita el infortunio. Pero si uno espía por curiosidad, antes de que el chisme cunda, la desgracia alcanza al infante del hogar. La pierna que muerde no es de un desconocido lejano, sino que se enlaza con el hijo del mirón; la llama de la rueda se cuela por la rendija del portón, chupa la sangre como un beriberi y abre una hendidura. Se confunde con el wa-nyūdō, pero este “katawaguruma de la palabra” prefiere la advertencia al escarnio, y una sola frase suya inicia y resuelve el suceso. Cuando una dama de Tōin lo miró por la rendija, la rueda se detuvo ante su casa, arrimó la nariz al umbral, escupió un verso y se fue. La mujer corrió a la sala y halló al niño con heridas leves que sanaron con oraciones y tisanas. Desde entonces, al toque del crepúsculo, las casas cerraban bien las celosías, bajaban las luces y pactaban no hablar del prodigio. Así menguó su aparición, aunque vuelve en fiestas y peregrinaciones, rodando sobre las sombras de los faroles. Se alimenta sobre todo del chisme que lo nombra: si alguien susurra “katawaguruma” tres veces, su llama saca lengua bajo el alero y busca rendijas. Por eso los ancianos evitaban el nombre y lo llamaban “fuego de una rueda” o “voz del aro”. Aun así, si se blinda la puerta con waka o súplicas, este ser que respeta el poder de la palabra se detiene; si los versos destilan amor filial y están bien medidos, dejará caer lo que muerde y se irá dejando chispas. Se fortalece en barrios chismosos y se debilita donde se mide la lengua y se cuida el hogar, espejo del temple capitalino.