Al leer sobre el Shibaemon-tanuki, lo primero que se debe advertir es que su "pasión por el teatro" no es un adorno sin más. Un gran número de bake-danuki engañan a la gente, emplean hojas con apariencia de monedas y alteran los sentidos humanos en senderos de montaña o en las esquinas de las calles. Shibaemon también goza de este poder, pero su destino no es la cámara del tesoro ni una mansión; son los teatros de Dotonbori[1]. O sea, este tanuki no cambia de forma para robar, sino para observar. Se siente atraído por las artes escénicas de los humanos y trata de colarse entre el público. La dulzura y el peligro de la historia de Shibaemon radican en esta representación de un forastero atraído por la cultura humana.
La magia de transformar hojas en dinero es el espejismo económico más célebre en el folclore de los tanuki. En el instante en que las hojas de la montaña se convierten en la moneda del pueblo, se intercambia el contrato entre la naturaleza y la sociedad humana. Sin embargo, en el teatro surgen las sospechas cuando se encuentran hojas mezcladas en la recaudación de las entradas. La magia de Shibaemon puede entretener temporalmente a la gente, pero fracasa a la hora de rendir cuentas. Cuando entra en escena un perro guardián, la ilusión vuelve a verse abocada a un problema físico. La desgracia de que le ladren, le persigan y de que recupere su forma de tanuki deja claro que su magia no logró traspasar por completo las puertas de la sociedad.
En las leyendas donde aparece acompañado por su esposa, Omasu, el dramatismo se intensifica. Omasu pierde la vida al confundir con la realidad la ilusión de la comitiva de un señor feudal, y Shibaemon se dirige al teatro asumiendo esa pérdida. En este caso, asistir a la obra no es solo un acto lúdico, sino también una forma de cumplir una promesa hecha a los difuntos. Así, el desenlace de Shibaemon no se limita a ser una historia cómica sobre un fracaso. Risas y lágrimas, la ligereza del disfraz y el peso del luto se solapan en una misma trama, acercando la historia del tanuki al mismísimo relato de las artes escénicas.
La trama presente en el "Ehon Hyakumonogatari" y en el culto local a Shibaemon en Sumoto no parten exactamente de la misma base. En el primero, el viejo tanuki aparece como un intelectual no humano que narra cuentos ancestrales al Shibaemon humano; en el segundo, se alza como un tanuki célebre que viaja desde las montañas de Awaji hasta los distritos teatrales de Osaka. Lo que les vincula, en cambio, es la inmersión tan profunda del tanuki en el "relato" y en el "espectáculo" de la sociedad humana. Un tanuki que difunde conocimiento, un tanuki que asiste a representaciones teatrales, un tanuki venerado por los actores tras su fallecimiento. Valiéndose de esa continuidad, a Shibaemon se le empuja de forma inexorable hacia las letras y los escenarios, pese a ser un monstruo de la naturaleza.
El curso que sigue su consagración en Nakaza y en el santuario Sumoto Hachiman[1] después de morir convierte a Shibaemon de un "monstruo abatido" a un "guardián que es acogido de nuevo". De cara al teatro, representaba a un intruso que quería formar parte del público, a un cliente al que quizá habían asesinado por error y, a la larga, a un dios que defiende el escenario. El santuario, en su regreso a Sumoto, funciona como un vehículo que vuelve a conectar esta historia con su tierra de origen. El trayecto de ida y vuelta de un tanuki del monte Mikuma que viaja hasta un teatro de Osaka para volver por fin a Awaji teje un lazo entre el folclore local de Awaji y los recuerdos de las artes escénicas urbanas.
Si bien se habla del Danzaburo-danuki de Sado como de un gran líder de la riqueza y de la ilusión, y de Kinchō de Awa como de un tanuki afamado por el honor y por la batalla, Shibaemon brilla con luz propia como el "tanuki espectador". No se contenta con amenazar al ser humano desde las afueras; ansía presenciar las obras teatrales que componen los humanos. Debido a que ese anhelo se vio frustrado por culpa de un perro y luego la fe lo salvó, el Shibaemon-tanuki resulta increíblemente humano, incluso entre los bake-danuki. Más que por su poder de transformar su aspecto, es su afán por ver, oír y pasarlo bien lo que sobresale como el atributo que define a este tanuki de renombre.
Perfil del personaje
Esta sección es una creación propia de nuestro sitio para narrar. No es un hecho histórico ni un estudio académico.
Tipo de Yōkai - Yōkai tradicionales
Categoría - 動物変化
Rareza - Épico
Carácter - Es jovial y siente devoción por las artes escénicas; se adentra con osadía en los poblados humanos. Aun contando con una vena pícara, es un viejo tanuki al que los habitantes del lugar tienen mucho aprecio y atesora la suficiente calidez como para tomarse una copa con todos aquellos a los que ayuda.
Afinidad - Su nivel de afinidad es alto con los apasionados de las artes escénicas, de los negocios, de los viajes y de los paseos por la ciudad. A quienes se toman a la ligera las promesas o los modales, o a quienes cifran la diversión exclusivamente en función de las ganancias y de las pérdidas, les lega un enigmático libro de cuentas, igualito que el de su dinero hecho de hojas.
Habilidades - Adquirir figura humanaMagia ilusoria que hace pasar las hojas por dineroIlusiones a enorme escala, del calibre de barcos de guerra espectralesTocar el tambor en su propia barriga bajo la luz de la lunaUn camuflaje de aspecto humano idóneo para colarse en los teatrosConocimientos propios de la montaña para guiar a las almas perdidasDeidad guardiana de las artes escénicas y de la prosperidad empresarial
Debilidades - Que los perros revelen su verdadera forma, que su dinero de hojas quede al descubierto en la caja y que su obsesión por el teatro le anime a atravesar las peligrosas puertas de la ciudad.
Hábitat - El monte Mikuma en la provincia de Awaji, el santuario Sumoto Hachiman, el poblado en el entorno del castillo de Sumoto y Dotonbori en Osaka, el escenario de sus veladas teatrales.
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