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Fujisan Hongu Sengen Taishaふじさんほんぐうせんげんたいしゃ

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  • Konohanasakuyahime

    Konohanasakuyahime

    Divino

    konohana-sakuyahime

    Diosa del Fuji y de la Flor de Cerezo

    神霊・神格富士山本宮浅間大社 (現·静岡県富士宮市) ── 富士山を神体とする浅間総本宮

    El sumun de la estética preñada de combustión letal. Konohanasakuyahime prohíbe terminantemente ser rebajada a la categoría de "Diosa frágil y ornamental". El órdago de adentrarse en una pira funeraria en fase de contracciones para callarle la boca a su receloso marido destapa un orgullo tiranicida y unas pulsiones emocionales que corren a la misma temperatura que la cámara magmática del Fuji. Su hermosura no es apacible; es una estética de altísimo voltaje y ruleta rusa, que solo despliega sus alas en las cornisas de la muerte, exactamente igual que unos cerezos en flor trepando por el cono de un volcán a punto de reventar. Aduanera oficial de la sala de partos (La Frontera a la Ultratumba). En la prehistoria japonesa, dar a luz no era una celebración; era un deporte de riesgo extremo infectado de la toxicidad de la muerte (un tabú chamánico de hemorragias y fiebre). El expediente en el que la diosa pare a los príncipes (como Umisachihiko) envuelta en llamas es la radiografía del instinto de supervivencia en su estado más primitivo: derrotar el abrazo de la muerte (el fuego) para vomitar vida. Por ello, las madres que se jugaban el pellejo en paritorios medievales se aferraron a ella con una pleitesía fanática, coronándola como la "Deidad antidisturbios del parto seguro y la pediatría". El club de fans del Fuji y el rescate civil. Al amparo del *boom* del "Fuji-ko" en la era Edo, la adoración a Konohanasakuyahime (Asama Okami) mutó en un macro-sindicato religioso que garantizaba desde no despeñarse en la subida hasta el billete VIP al paraíso tras estirar la pata. Que una figura femenina acabara regentando un monte que paradójicamente colgaba el cartel de "Prohibido el paso a las mujeres" (Nyonin Kinsei) es un cortocircuito maravilloso que disecciona la esquizofrenia de la historia religiosa nipona: la cordillera del machismo ascético más integrista acabó travestida en una cumbre de maternalismo que amparaba a la plebe (mujeres incluidas).