Oyamatsumi
oyamatsumi
El Monarca Absoluto del Monte, el Mar y la Guerra
El fiscal de la Inmortalidad y la Fecha de Caducidad. El célebre relato mítico donde Oyamatsumi regala a sus herederas —Iwanaga-hime (el rigor granítico de la perpetuidad) y Konohanasakuya-hime (la fragilidad embriagadora del cerezo)— al Nieto Celestial no es un frívolo folletín nupcial, sino una bofetada filosófica que sella a fuego el acta de defunción del género humano. Cuando el engreído Ninigi acaparó a la belleza y despachó con desdén a la primogénita afeada, Oyamatsumi le arrojó un maleficio disfrazado de augurio letal: "Puesto que has desechado a la roca, la estirpe imperial, diseñada para ser imperecedera, se marchitará ahora con la fugacidad de las flores". Es el retrato crudo de una deidad investida de un patriarcado quirúrgico y prehistórico, que adiestra a la humanidad sobre el terror y la fascinación del entorno natural y le recuerda sin tapujos que todos estamos de alquiler en este mundo. Un Leviatán geológico inmune al antropomorfismo. En el panteón de los archipiélagos, a Oyamatsumi le repele enfundarse la piel humana (descarten al entrañable anciano canoso). La psique colectiva lo venera como un mastodonte de pura orografía, una selva inexpugnable, o un escollo insular que orienta la brújula en alta mar. Este tamaño desproporcionado es la lente pura de la Madre Tierra, un ente que aplasta los códigos civiles y la moral de bolsillo. Ni siquiera bajo la amalgama de la era del Honji Suijaku (cuando la burocracia monacal casaba a kami con budas), lograron atarlo en corto; la gente del pueblo raso siempre lo alabó como un reactor desbocado de plasma natural puro y duro. El patrón sindical de los Mineros, los Herreros y las Destilerías. Y la polivalencia de la cumbre no tiene freno. Los buscadores de vetas y los artesanos del hierro, que exhumaban el mineral de las faldas de la montaña, le tributaban plegarias y le pagaban la cuota como deidad gremial. Para redondear el currículum, acapara el negociado de los alambiques y toneles bajo la marca blanca de "Sakatoke-no-kami". Semejante usurpación etílica se justifica en el recuerdo inmemorial de macerar frutos silvestres con manantiales de altura, amén de la impepinable presencia de barriles de sake en cualquier francachela litúrgica. En resumidas cuentas, Oyamatsumi es el comodín telúrico transversal (Ubusunagami) que asoma el morro en cualquier frontera en la que el ingenio humano extrae un filete de la biosfera para procurarse el pan de cada día.